
Desde hace algún tiempo, en Colombia, ha venido ganando espacio un discurso cargado de una visión negativa sobre los empresarios, que ha calado en buena parte de la población. Como resultado, pareciera que la palabra empresario, en lugar de ser sinónimo de esfuerzo, trabajo y compromiso con el futuro, se ha vuelto equivalente a ambición desmedida, exclusión y abuso de poder.
Según tal visión, los empresarios no son más que un grupo de personas egoístas, mezquinas y egocéntricas a quienes solo les importa producir dinero. Según tal visión, hacer empresa se trata exclusivamente de enriquecer a unos pocos a costa del bienestar de muchos.
Más allá del trasfondo político de tal discurso, con el cual estoy francamente en desacuerdo, pienso que cabría preguntarse ¿Somos los empresarios responsables, al menos en alguna medida de tal imagen? ¿hemos dado pie para que ese discurso cale en la sociedad?
Antes de abordar el trasfondo de esta pregunta creo importante establecer que, en mi opinión, la mayoría de los empresarios son personas buenas, que guían su trabajo por un propósito superior y quieren dejar un legado significativo. La mayoría de los que conozco tienen sanas intenciones y procuran hacer las cosas de la mejor manera posible. Y si bien les interesa el éxito económico, no están dispuestos a obtenerlo a costa de cualquier cosa. Por supuesto que les importa el dinero, pues entienden que sin él la organización se detiene; pero también entienden que la sostenibilidad de una organización no está limitada por su capacidad de generar dinero sino, más bien, por su capacidad de trascender.
Sin embargo, mayoría no es igual a totalidad.












