El valor de la Autocrítica

Por Carlos Francisco Restrepo P

Desde hace algún tiempo, en Colombia, ha venido ganando espacio un discurso cargado de una visión negativa sobre los empresarios, que ha calado en buena parte de la población. Como resultado, pareciera que la palabra empresario, en lugar de ser sinónimo de esfuerzo, trabajo y compromiso con el futuro, se ha vuelto equivalente a ambición desmedida, exclusión y abuso de poder.

Según tal visión, los empresarios no son más que un grupo de personas egoístas, mezquinas y egocéntricas a quienes solo les importa producir dinero. Según tal visión, hacer empresa se trata exclusivamente de enriquecer a unos pocos a costa del bienestar de muchos.

Más allá del trasfondo político de tal discurso, con el cual estoy francamente en desacuerdo, pienso que cabría preguntarse ¿Somos los empresarios responsables, al menos en alguna medida de tal imagen? ¿hemos dado pie para que ese discurso cale en la sociedad?

Antes de abordar el trasfondo de esta pregunta creo importante establecer que, en mi opinión, la mayoría de los empresarios son personas buenas, que guían su trabajo por un propósito superior y quieren dejar un legado significativo. La mayoría de los que conozco tienen sanas intenciones y procuran hacer las cosas de la mejor manera posible. Y si bien les interesa el éxito económico, no están dispuestos a obtenerlo a costa de cualquier cosa. Por supuesto que les importa el dinero, pues entienden que sin él la organización se detiene; pero también entienden que la sostenibilidad de una organización no está limitada por su capacidad de generar dinero sino, más bien, por su capacidad de trascender.

Sin embargo, mayoría no es igual a totalidad.

Gracias a los medios de comunicación, y también a las redes sociales, hoy conocemos de múltiples casos de maltrato laboral, acoso sexual, fraude, corrupción, evasión de impuestos, explotación laboral, demoras en el pago a los proveedores, skimpflation[1] dumping ambiental[2] y muchas otras malas prácticas empresariales, realizadas por organizaciones en todo el mundo, que han generado impactos negativos, indignación y dolor.

Así que, cabe preguntar: ¿Qué tanto estamos haciendo los buenos empresarios para cambiar esa visión negativa, que no discrimina entre los que hacemos bien las cosas y los que no? ¿Qué tanto estamos haciendo para cambiar la realidad y contribuir a la construcción de una Colombia, un mundo y un futuro mejores? ¿lo mínimo? O ¿realmente vamos más allá?

Y, aun más, dado que también se peca por omisión, habría que cuestionarse ¿qué hacemos respecto de las malas prácticas de otros?, ¿acaso hemos impulsado alguna sanción social?, ¿los gremios se han pronunciado?, ¿las grandes empresas han dejado de hacer negocios con los involucrados?

Y en pro de prevenir este tipo de prácticas, ¿qué mecanismos implementamos internamente y qué tan efectivos son?, ¿qué exigencias hacemos a nuestros proveedores y aliados y cómo verificamos que cumplan?

Quizás creamos que es algo inevitable con lo que hay que convivir, porque no somos responsables de lo que otros hagan y que la responsabilidad de sancionar o regular recae únicamente en las autoridades; o que no hay nada a nuestro alcance que pudiéramos hacer.

Quizás, a veces, simplemente nos hacemos los de la vista gorda; quizás, en ocasiones, la consigna sea “hagámonos pasito”.  De ser así, y todos pensáramos de esta manera, estaríamos condenados al fracaso, como seres humanos y como sociedad.

El punto es, si los empresarios no hacemos nada respecto de lo que está ocurriendo, somos, y seremos, sin duda alguna, responsables de la mala imagen que se tiene de nosotros.

Y dicha imagen empeorará, porque desde la otra orilla, aquella de los discursos llenos de odio, hay activismo, constante y decidido. 

¿Y desde la nuestra? ¿Pasividad, ingenuidad, miedo, indiferencia, complicidad?

No se trata de echar culpas, sino de asumir responsabilidades. No solo poner la atención en lo que ha pasado, sino en lo que podemos hacer para evitar que siga sucediendo. Porque, aunque construir un futuro mejor no depende solo de nosotros, si pasa por aceptar que hay cosas en nuestro poder que podemos y debemos hacer. Y, a partir de tal aceptación, empezar a actuar.

Sin embargo, si queremos avanzar como sociedad, y construir un futuro sostenible, necesitamos también avanzar como individuos.  

Por eso, quizás hoy más que nunca, la autocrítica es necesaria, para romper el círculo vicioso que en el que estamos inmersos, para cerrar la brecha que hay entre el empresariado y la sociedad a la que sirve. Y ello implica que quienes ostentamos posiciones de liderazgo en ese empresariado nos dispongamos a hacer un balance objetivo, para hacernos más conscientes de lo que hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer, de nuestras acciones y de nuestras omisiones, de las ideas que influencian nuestras decisiones y de los efectos que con todo ello generamos; aceptando con tranquilidad las responsabilidades que nos caben, con el interés de aprender y corregir el camino.

Tal autocrítica, como ejercicio consciente, implica la observación consciente de las decisiones que tomamos, de cómo las sustentamos, de sus motivaciones, expectativas y efectos, de las emociones involucradas, así como de la manera en que respondemos a lo que pasa, especialmente cuando las cosas no salen según lo esperado. Así mismo, la observación de la forma en que uno se comunica y de las actitudes que se tienen en la relación con los demás, y con uno mismo. Y, a partir de tal observación, realizar una reflexión profunda y lo más objetiva que sea posible.

Este ejercicio no busca ocultar la verdad, porque el único a quien se engaña es a uno mismo. Por ende, no acepta excusas, pero tampoco busca culpar. Solo analiza la información disponible, para hacer un balance y buscar causas de lo que se desvió respecto de lo esperado y, desde allí, asumir responsabilidades y obtener aprendizajes.

Hacerlo bien conlleva en simultánea la aceptación de la posibilidad de cometer errores y el afán de ser mejor. Por ende, no hay recriminación. Bien realizada trasciende las expectativas, no envuelve sentimientos negativos hacia uno mismo, sino una mirada objetiva, basada en hechos, como la que un observador entrenado podría tener.

Cuando un líder organizacional observa conscientemente sus propias acciones, actitudes y emociones, y reflexiona en torno de ello, gana autocontrol; y cuando a esto le suma la aceptación de las responsabilidades sobre los efectos generados por sus decisiones y acciones, gana en efectividad. Así que, como puede verse la autocrítica tiene valor, pues impacta positivamente a toda la organización, haciéndola más sostenible, y contribuye a la construcción de un mejor futuro, más próspero e incluyente.


[1] Skimpflation es un término que hace referencia a la degradación intencional de la calidad de un producto o servicio, para disminuir costos, afectando el cliente. Es decir, la reducción de la calidad no redunda en la disminución del precio para el cliente, quien, por el contrario, recibe menos valor.

[2] Dumping Ambiental se refiere a la disposición irresponsable de residuos o emisiones atmosféricas descuidadas en concentraciones que superan los límites permisibles o sin los controles exigidos

Foto por Gaelle Marcel en https://unsplash.com/es

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