
Uno de los riesgos de vivir en un mundo que va a gran velocidad, en el que lo material ha adquirido un valor exagerado y el individualismo se ha exacerbado, es que la capacidad de conseguir resultados, y la inmediatez de estos, se conviertan en los principales indicadores del liderazgo, dejando de lado algo que es esencial en un líder: el bienestar del ser humano. No se trata de olvidar los resultados, ni mucho menos, sino de hacerlos sostenibles y de construir un legado que nos lleve a tener un mundo mejor.
Partiendo de esta idea, y con el fin de mostrar un referente distinto, voy a referirme en este escrito a alguien que tuvo gran influencia en mí y en la visión que tengo del liderazgo.
Antioqueño[1] de nacimiento, siendo aun joven, mi abuelo materno migró al departamento de Caldas, aprovechando la dinámica de colonización de los territorios que hoy conforman los departamentos del Quindío y Risaralda, que se dio en la primera mitad del siglo XX. Gracias a ello pudo adquirir tierras y empezó a sembrar café y criar ganado lechero. Pronto tuvo algo de éxito, y pudo contratar a algunas personas para que le ayudaran con el trabajo y cuidaran la tierra.
Recuerdo de él su temperamento jovial y divertido, y tenía un maravilloso sentido del humor. Pero además era un caballero, que destacaba en el trato respetuoso que daba a las demás personas.
Aunque no lo entendí en su momento, recuerdo que siendo yo adolescente alguna vez me dijo: “Para que den buena leche, a las vacas hay que tratarlas amablemente. Pero si uno quiere que sus vacas produzcan buena y mucha leche, tiene también que tratar a los trabajadores de la finca como uno quisiera ser tratado”.
Años después de la muerte de mi abuelo, uno de mis tíos me contó la siguiente historia, que me ayudó a entender, en su verdadera dimensión, eso que mi abuelo me dijo:
Una de las fincas que tuvo mi abuelo quedaba bastante retirada del pueblo donde la familia vivía, así que llegar tardaba muchas horas. Como en ese entonces aún no había carreteras en aquella región, era necesario viajar en tren hasta un determinado punto y de allí en mula unas horas más hasta la finca.
Había en la finca una vaca a la que mi abuelo le tenía especial cariño, y estaba preñada. Así que, para estar en el momento adecuado, programó viaje para llegar unos días antes de la fecha prevista para el parto. Mi tío, a sus 15 años, viajó con él.
Normalmente, antes del nacimiento, se llevaba a la vaca preñada al establo, para tener mayor control y mejores condiciones en el momento del parto y así garantizar el bienestar tanto de la vaca como del ternero. Pero en esta ocasión el parto se adelantó, ocurrió antes de llevar a la vaca al lugar previsto, en uno de los potreros, donde los animales pastaban, justo el día en que mi abuelo y mi tío llegarían a la finca, unas horas antes de su arribo.
Cuando llegaron, a lomo de mula, notaron que varios de los trabajadores estaban en el potrero y que había una gran algarabía. Al acercarse observaron como golpeaban a la vaca insistentemente con un rejo, la jalaban con un lazo y le gritaban, arengándola, tratando en vano de que se moviera hacia el establo. Pero la vaca no se movía ni un ápice, se mantenía firme, con actitud desafiante, interponiéndose entre los trabajadores y el ternero. Desde el lomo de la mula, mi tío pudo observar a la pobre vaca cansada, herida y ensangrentada.
Cuando estuvieron suficientemente cerca, mi abuelo, alzando la voz, pero sin endurecer el tono, ordenó a los trabajadores detenerse. Desmontó la mula y con una actitud confiada y tranquila se acercó al animal; en voz suave le dijo algunas palabras que mi tío no logró entender y la acarició con amabilidad durante un buen rato. Una vez la respiración del animal se tornó más suave y su actitud más calmada, mi abuelo tomó el ternero, rápidamente lo levantó y lo puso encima de la mula en la que mi tío estaba montado. Luego le dijo, “sostenlo y llévalo al establo”, y le dio una palmada a la mula, que de inmediato arrancó a caminar. Como pudo, mi tío condujo la mula hacia el establo, un poco enmarañado tratando de mantener el equilibrio y de evitar que el inquieto ternero se callera de la mula y nervioso pues la vaca iba justo detrás de él, pisándole los talones. Mi abuelo riendo, caminaba detrás de la vaca. Los trabajadores, cabizbajos y en silencio, detrás de él, jalando la mula de mi abuelo.
Al llegar junto al establo, el abuelo tomó el ternero, lo bajó de la mula, y lo puso adentro. La vaca entró detrás y, en cuanto se acercó, el ternero empezó a mamar y la va a pastar, como si nada hubiera ocurrido. Todo el proceso tardo un poco más de 20 minutos.
Al terminar, mi abuelo, con tono serio pero tranquilo, volteó y dijo a los trabajadores: “Hay muchas formas de hacer que los animales hagan lo que uno quiere, pero casi siempre la mejor forma requiere tratarlos con respeto. Es eso, lo mínimo que espero de ustedes, por favor no lo olviden”.
Estoy seguro de que a mi abuelo le molestó lo que los trabajadores estaban haciéndole a la vaca, y probablemente mucho, máxime cuando la situación lo tomó por sorpresa, pero aun así no reveló su enojo. Por el contrario, dio ejemplo de serenidad, tolerancia y respeto, mostró con total contundencia y mucha propiedad como las cosas deberían hacerse, con un resultado impresionante y, además, fijó los límites de lo que era permitido y lo que no. Y todo ello en un lapso de 20 minutos.
Mucho se puede haber estudiado acerca del liderazgo, mucho se puede hablar de liderazgo, muchos podemos autoproclamarnos como líderes, pero, la verdad sea dicha, un verdadero líder se evidencia en las circunstancias, en los momentos de verdad, en cómo afronta la dificultad, en las decisiones trascendentales y en las consecuencias de todo ello, en su legado.
Por ello, en mi opinión, esta historia sobre mi abuelo es un maravilloso ejemplo de cómo un líder debería actuar y nos permite ver algunas de las características que un verdadero líder debería tener: autoridad, conocimiento, control de sí mismo, coherencia, pragmatismo, capacidad de generar resultados, cuidadoso con las personas, que enseña, forma y lidera con el ejemplo.
De seguro, desde pequeño mi abuelo vivió en un ambiente donde la tolerancia y el respeto eran el pan de cada día. Así que interiorizó estos valores, que evolucionaron hasta convertirse en virtudes. Es decir, que la vivencia del valor se vuelve parte de lo que la persona es.
Es claro que mi abuelo evidenció un gran conocimiento sobre el comportamiento de los animales, de las vacas en particular, que aprendió a lo largo de una vida en el campo, y probablemente a partir del ejemplo de sus mayores. Respecto de esto quisiera añadir que no considero que sea necesario que un líder tenga más conocimiento técnico que las personas que tiene a su cargo, de hecho, creo preferible que esté rodeado de personas que sepan más de los diferentes aspectos técnicos del trabajo, pero sí creo que las áreas bajo su responsabilidad deben caberle en la cabeza, y entenderlas suficientemente bien como para poder saber si lo que se ha delegado en otros, bajo su nivel de influencia, está bien hecho o no. Por tanto, debe poder ser maestro, cuando la situación lo requiera, como fue el caso de mi abuelo.
Por otro lado, mostró un gran control de sus emociones (reflejo de su inteligencia emocional); aunque quizás la presencia de mi tío (su hijo) pudo también haber influenciado su respuesta. No obstante, me parece especialmente difícil el lograr tal nivel de autocontrol, en el que ni siquiera el hijo notara el enojo. Así que pienso que, quizás, también comprendió que los trabajadores no sabían cómo manejar la situación o eran incapaces de hacerlo, que tal vez nunca habían sido tratados con amabilidad y que, a pesar de ser personas de campo, no se les había enseñado cómo tratar con respeto a los animales. Quizás sintió compasión, o simplemente identificó el problema con claridad y se enfocó en solucionarlo, sin maltratar a las personas y con una perspectiva pragmática, no solo por bien de la vaca en esta situación en particular, sino por el bien presente y futuro de cualquier vaca de su propiedad.
Ahora bien, si uno pone en perspectiva lo que mi abuelo me dijo en mi adolescencia, en cuanto la importancia de tratar a los trabajadores como uno quisiera ser tratado habría que decir que, además del resultado obtenido, también se hizo evidente la coherencia entre lo que pensaba, lo que decía y su actuar. En consecuencia, sin importar la manera como los trabajadores actuaron, los trató con respeto y nunca afectó su dignidad. Ello tuvo un profundo efecto en ellos. Y también en mi tío. He allí otro valioso resultado, o quizás, un legado.
Y hay algo más que quisiera poner de presente en este asunto: Hoy, la idea de cuidar a los empleados para que estos cuiden al cliente está ampliamente difundida en el mundo organizacional, y es una regla básica del Management. Pero cabe anotar que mi abuelo, en el manejo de sus fincas, hace más de 55 años (ya que el caso descrito sucedió antes de 1970), aplicó una idea que en esencia era la misma; y vale insistir que mi abuelo era un hombre de campo, que por circunstancias de la vida no pudo completar el bachillerato y nunca fue a la universidad.
Estoy seguro de que mi abuelo no se veía así mismo como un líder; diría que solo se sentía como un simple hombre de campo. Pero yo me siento orgulloso del tipo de líder que fue y agradecido de haberlo conocido y de lo que de él aprendí.
Creo que las raíces importan y son determinantes en lo que somos y en la manera como vemos el mundo. Así que mi visión del liderazgo, la que he expresado en este escrito, y en muchos otros, que en gran medida está influenciada por otras personas, claramente también ha sido influenciada por quien fue mi abuelo, y eso es parte de su legado.
[1] Juan Ruiz Moreno, a quien se debe la pintura presentada con este artículo (de nombre «Montando Cargas», es un artista colombiano conocido por su enfoque en la figuración, especialmente retratando la vida, Rostros y costumbres de los campesinos antioqueños y colombianos.




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