Etiqueta: Liderazgo

La elocuencia del silencio

Por Carlos Francisco Restrepo P

Soy un convencido de que la comunicación es la principal herramienta del liderazgo. A través de ella los líderes motivan, contagian, posicionan ideas, negocian, alinean, fijan limites, objetivos y metas, retroalimentan, convencen, negocian, inspiran y crean nuevas realidades.

No obstante, desde mi punto de vista, pareciera haber un malentendido en lo que comunicar realmente significa. Y ello, en mi parecer, ha derivado en que muchas personas que llegan a una posición de liderazgo relevante cuentan con una gran elocuencia. Pero elocuencia y comunicación no necesariamente son la misma cosa.

Quizás es porque tenemos la necesidad de expresarnos, y de ser comprendidos, que apreciamos nuestra voz y anhelamos la elocuencia. Y sin duda alguna la palabra tiene poder y permite ganar poder: Puede convocar, integrar, atraer y conquistar; Puede revelar sabiduría, autoridad y conocimiento; Puede ser como agua fresca, saciar la sed, aliviar, llevar vida, enamorar, emocionar, llenar vacíos y transformar corazones; Puede crear, abrir mentes, estimular la imaginación y cimentar la construcción de un futuro mejor.

Pero también puede destruir, herir y engañar; puede ser incoherente, vacía, agotadora y grosera; puede infundir temor y ser fuente de odio, dolor, confusión y conflicto.

Por tanto, ser elocuente no necesariamente significa que se tenga mucho para decir, ni que lo que se dice sea importante, profundo o valioso, o que sea del interés de otros. A veces, el silencio puede ser mejor.

Concéntrate en el proceso, y también en el resultado

Por Carlos Francisco Restrepo P
Foto por Bob Brewer en https://unsplash.com/

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un pez espada muy barbado;

era un reloj de sol mal encarado,

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,

las doce tribus de narices era;

érase un naricísimo infinito,

muchísimo nariz, nariz tan fiera

que en la cara de Anás fuera delito.

Tengo un vínculo personal con este texto, el famoso “soneto a una nariz”.  La cuestión es que mi mamá me lo leía con cierta frecuencia, afirmando, cada vez, que había sido escrito para mí. Seguramente fue por cuenta del prominente órgano que tengo pegado a mi cara.  

El peligro e Importancia de Suponer

Por Carlos Francisco Restrepo P

No fue extraño que al volver a casa de una fiesta infantil mi hijo trajera consigo un pollito vivo; el animalito era como se supone que deben ser los pollitos: vulnerable, amarillo y esponjoso[1]. Al examinar los hechos, el frío de Bogotá, el que no tuviera su mamá gallina a su lado y la propia fragilidad del animalito, yo no hubiera apostado ni un centavo a que el animal lograra sobrevivir más de una semana, y si a esto se le suma mi propia experiencia de niño en la que ningún pollo que yo hubiera llevado a mi casa sobrevivió por más de 3 días, la verdad es que no había grandes expectativas de vida. Lo que nunca imaginé era que al segundo día mi hijo lanzara el animal con todas sus fuerzas por el aire y que en su caída el pobre pollo terminara chocando con una puerta. Al llegar a la escena del desastre, luego de escuchar el llanto desconsolado del niño, me encontré con el animalito tendido en el suelo, con el cuello torcido, apenas respirando. Al interrogar a mi hijo sobre lo sucedido, este señaló: “Es que yo supuse que sabía volar”

Es curioso que a tan corta edad haya usado la palabra “supuse”, por cuanto un supuesto es en esencia una hipótesis que creemos válida sobre algo o una conjetura sobre lo que consideramos cierto, y, desde tal lógica, es aquello que sustenta o fundamenta la verdad de una afirmación o justifica una acción. Por tanto, los supuestos subyacen a muchos aspectos de nuestro comportamiento y de nuestro actuar, son las columnas sobre las cuales edificamos nuestra verdad.