Con tanto ruido, que difícil escuchar

Por Carlos Francisco Restrepo P

Estoy seguro que soy uno de muchos a quienes, de pequeño, su papá (o su mamá tal vez) les llegó a decir, “mijo, a usted uno le dice algo por un oído y le sale por el otro”. Pero en mi caso, a veces ni siquiera me entraba por un oído, lo que molestaba aún más a mi papá. Y esto ocurría con tal frecuencia que se llegó al punto de creer que yo padecía algún tipo de limitación auditiva y, en consecuencia, en varias ocasiones fui llevado a que me hicieran exámenes de oído. Cabe aclarar que ninguno de ellos salió negativo, según los doctores yo tenía una audición perfecta. Pero la situación era tan persistente y llegaba a tales extremos, que en ocasiones mi pobre papá, totalmente desesperado y enojado, me decía, “usted parece SORDO”.

Debo confesar que aún me ocurre y que no es extraño que otras personas, generalmente cercanas, me hagan un reclamo por no tener en cuenta algo que me han dicho. Y claro, suele suceder que en muchas ocasiones pongo en duda el que me hayan dicho aquello por lo que reclaman, así que resulta un poco frustrante cuando surgen testigos que corroboran que en efecto me lo dijeron y que incluso asentí, como si estuviera poniendo atención. Realmente me sorprende el darme cuenta de la enorme capacidad de ensimismamiento que tengo. No es mi intención el no escuchar, pero a veces simplemente ocurre.

Por supuesto entiendo que escuchar es una señal de respeto y que, ante situaciones como las que he descrito, es comprensible que la otra persona se sienta mal respecto de mi comportamiento.  De seguro yo me molestaría si me pasara al revés.

No obstante, hay ocasiones en que tal ensimismamiento es totalmente deliberado, pues soy un convencido de que a veces una maravillosa idea que conlleve a un poderoso cambio, una valiosa innovación, una importante revelación, la solución a un angustiante problema o a una gran oportunidad, se esconde tras un leve pensamiento o en una imagen mental difusa, en un sutil impulso o en una fugaz sensación, por ello estoy muy atento a lo que ocurre conmigo y doy un alto valor a tales señales, pues no quiero que lleguen y se vayan sin que yo me dé cuenta. Y es que para aprovechar lo que llega hay que primero verlo llegar, capturarlo y darle forma, aclararlo y examinarlo. Es decir, hay que estar presente y vigilante e invertir tiempo a la reflexión y el análisis, pues el riesgo radica en que, llevado por la sensación de urgencia que imprime el mundo actual, simplemente lo deje pasar.  Por ello cada vez que me llega lo que parece una buena idea me conecto con ella y, como consecuencia lógica, me desconecto del mundo a mi alrededor.

Creo que no solo me ocurre a mí, como seres conscientes hay ocasiones en que todos necesitamos aislarnos, reflexionar, pensar, buscar respuestas. En tales momentos simplemente no tendremos la disposición para escuchar. Me pregunto si al menos en alguna medida o en determinadas ocasiones ambas cosas, reflexionar y escuchar, son mutuamente excluyentes. No me preocupo por ello, pero a veces simplemente quiero escucharme a mí mismo.

Por ello es normal sentirse interrumpido cuando uno está pensando o tratando de reflexionar sobre algo y otra persona le habla. Aunque, como hemos dicho, escuchar es una señal de respeto, también es señal de respeto el darse cuenta cuando la otra persona tiene, o no, la disposición de escuchar

Todos tenemos mucho en que pensar, muchas ideas y sensaciones rondando dentro de nosotros, aunque para cada uno es diferente y no se trata solo de pensamientos, impulsos y emociones, sino también de todas esas preocupaciones que rondan nuestra mente (aquellas que surgen de las dificultades que día a día enfrentamos). Todo este volumen de información parece difícil de administrar y dificulta el conectarse con nuestro interlocutor.

Cabe entonces preguntarse si lo que afecta nuestra capacidad de escuchar siempre está dentro de uno o si a veces viene de fuera.

Propongo revisar esta cuestión con una anécdota personal:

En los primeros años de matrimonio, antes de tener a nuestros hijos, mi esposa y yo acostumbrábamos a aprovechar cada fin de semana festivo para tomar carretera y viajar. En uno de esos viajes nos dirigíamos a Armenia, ciudad ubicada a unas 7 horas de camino desde Bogotá. El camino cruza la cordillera y pasa por un tramo de unos 45 km entre los municipios de Cajamarca y Calarcá, caracterizado por ser algo estrecho, sinuoso y con una alta densidad de curvas y que puede tardar hasta dos horas para cruzarlo según el tráfico. En aquel entonces, una importante cervecera, aprovechaba la parte de atrás de todos sus camiones de distribución como medio de publicidad, donde ponía la foto de una famosa y despampanante modelo en vestido de baño.  En este viaje en particular, en el tramo indicado, mientras yo iba manejando, mi esposa y yo conversábamos ricamente sobre nuestro futuro, cuando, por azares del destino, quedamos justo detrás de uno de los camiones de la ya mencionada cervecera. La imagen ante mí captó inmediatamente mi atención y, por supuesto, dejé de escuchar. Cuando por fin pasamos el camión, algunos minutos más tarde, mi esposa preguntó “¿Qué te parece, estás de acuerdo?”; ¿qué? fue lo único que atiné a decir. Ya imaginarán el resultado…

El caso es que el mundo a nuestro alrededor permanentemente nos propone distracciones, que atraen nuestros pensamientos y emociones y dificultan el que nos concentremos en nuestro interlocutor. Si bien nuestros sentidos abren la puerta a nuevos universos, pareciera que no somos capaces de filtrar tantas señales a la vez. Aunque para ser justos habría que decir que caemos en la tentación de todas esas distracciones sencillamente porque no las administramos.

Toda esta disertación busca llevar a la conclusión de que para escuchar se requiere disposición. No creo que sea difícil de entender, pues todos lo hemos sentido,  al menos en ciertas condiciones, pues me refiero a aquella actitud interesada que tomamos cuando  interactuamos con alguien a quien queremos impresionar o cuando se habla con quien piensa igual que uno, también cuando escuchamos a alguien a quien admiramos o a quien tiene poder sobre uno, incluso al oír a quien te simpatiza o te resulta divertido, o simplemente cuando el tema es de tu interés o se refiere a algo que te ha estado dando vueltas en la cabeza.

Lo difícil es mantener dicha disposición en otras circunstancias, pues en cualquier caso escuchar puede implicar el oír algo que no queremos o cosas desagradables, aceptar que personas que nos disgustan podrían tener la razón, confrontar nuestras creencias, luchar contra nuestros propios prejuicios o abrir la mente a nuevas posibilidades.

Escuchar implica entonces ver los puntos de vista de otros y conlleva un riesgo, el riesgo de darse cuenta de que eso que llamamos verdad es más grande que nuestro pequeño fragmento de realidad. Es difícil pues requiere de apertura y a la vez autocontrol, ya que, ante tal amenaza tendemos a auto-justificarnos y en ello el ego aparece con gran protagonismo, entonces escuchamos los propios argumentos, cerramos nuestra mente y, en consecuencia, dejamos de escuchar.

Y es que escuchar es un verbo y por tanto conlleva acción y requiere de una cierta actitud, claramente activa, pues escuchar es interactuar.

Por tanto, oír y escuchar son cosas enteramente distintas, pues para oír se necesita de un sentido, pero para escuchar no necesariamente se requiere oír, pero implica poner todos los sentidos, los que se tenga, empezando por el oído, con la atención centrada en el otro, para comprender lo que quiere decir. Y de seguro dice mucho más que lo que sus palabras expresan, pues el ritmo, el timbre y tono de su voz, así como su corporalidad, a través de movimientos, gestos y ademanes, entregarán muchísima más información. Por ende, las personas con discapacidad auditiva, quienes no pueden oír, sin duda alguna pueden escuchar.

Sin embargo no es tan simple, pues en tanto actitud, escuchar necesita de un cierto equilibrio. Un equilibrio que en este caso significa que no debe haber demasiada premura, pero tampoco exceso de pasividad.

Desarrollemos esta idea:

Una habilidad innata de los seres humanos, reforzada en nuestro proceso de aprendizaje, es que poseemos la capacidad de anticiparnos y de construir a partir de fragmentos. Gracias a ello podemos predecir las consecuencias de nuestras acciones, y de las de otros, podemos completar frases incompletas y podemos resolver adivinanzas. También nos ayuda a entender lo que otra persona está diciendo, aún cuando no lo haya acabado de decir e incluso, ante la presencia de ciertas señales, podemos anticipar lo que otra persona va a decir, o incluso como va a actuar.  Gran capacidad, sin duda alguna, sin embargo trae consigo un problema:  no siempre acertamos y sin embargo respondemos o reaccionamos antes de que la otra persona haya terminado de hablar. Es decir, nos apresuramos.

Gran problema de hecho, pues dada la multiplicidad de historias, puntos de vista, creencias y pensamientos que surgen de nuestra condición humana y del hecho de que cada persona es única, es altamente probable que no acertemos. Además, aún si acertamos, resulta rudo interrumpir a la otra persona antes de que haya completado su idea, así que es muy factible que se sienta molesta y que piense que no fue debidamente escuchada o que no nos interesa lo que tiene que decir. Como ya hemos dicho, escuchar es señal de respeto.

Como se puede ver, a la hora de escuchar, demasiada premura resulta contraproducente.

Si bien esta idea refleja con claridad mi manera de pensar, debo decir que es más fácil de decir que de hacer y que controlar el impulso de anticiparme resulta una tarea realmente ardua.

Pero aún queda una idea por revisar en esto del equilibrio, aquella que se opone a la premura: el exceso de pasividad. En la medida que escuchar implica interacción, dicha interacción debe ser evidente. Pues lo contrario da la sensación de estar hablando con una pared, la misma sensación que sacaba de quicio a mi padre.  Y ello no tiene que ver con que uno realmente este poniendo atención e intentando comprender, sino que escuchar, en tanto acción, conlleva hacerle ver al otro que se le está escuchando.

¿Y que tiene que ver todo esto con liderazgo?

Pues es simple. Para hacer que lo que debe ser hecho en efecto suceda la principal tarea de un líder es comunicar. Es decir, si desea convencer tiene que comunicar, si quiere que algo pase tiene que comunicar; si quiere construir con otros, tiene que comunicar; Si quiere atraer a otros a su causa, tiene que comunicar, si quiere ser comprendido, tiene que comunicar, si quiere compartir su riqueza interior, tiene que comunicar.

Y claro, cuando de comunicar se trata, la misión del líder es captar la atención de otros para ser escuchado, lo cual implica usar más recursos que solo la palabra. Por supuesto hay personas que tienen una mayor capacidad para atraer la atención de otros, cuyo carisma, atractivo o elocuencia les facilita el ser escuchadas, sin embargo, de seguro todos los líderes disponen de los recursos necesarios para comunicar aquello que quieren.

Pero más allá de su rol, el líder es persona, y como personas necesitamos expresarnos y deseamos ser vistos y oídos, anhelando que otros comprendan nuestro punto de vista, entienda nuestro mensaje y quieran compartirlo. Pero ser líder implica comprender que esta necesidad, que aplica para sí, aplica también para otros. Por tanto, cabe decir que la verdadera comunicación empieza en el silencio, cuando en lugar de hablar, escuchamos.

En resumen: escuchar es una habilidad que damos por hecha, por el simple hecho de poder oír. Pero como hemos visto, es en realidad una competencia a dominar pues, cuando se trata de escuchar, el control no está afuera de nosotros, debe estar adentro, ya que, con tanto ruido, ¿quién puede realmente escuchar?


Fuente Fotos: https://unsplash.com/

1 comentario

Gloria Arboleda

Excelente tema, precisamente el día de ayer lo compartia en un grupo de amigos al que acostumbro ir. De todas formas el paso difícil de dar es que aunque sabemos la teoría, se nos dificulta convertirlo en realidad. Por tanto debemos buscar ayuda interior, no solo de nosotros mismos si lo de las riquezas de los fines y frutos que Dios nos puede otorgar para poder realmente hacerlo evidente.

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